Manteniendo la respiración a 5000 metros de altura

Posted on by Juan Carlos Castresana
Imagen portada

Me despiertan temprano. Son las cinco y media de la mañana. A las seis sale el coche que me llevará al Parque Nacional Huascaran donde voy a hacer un trekking hasta el Lago 69. Es un trekking que figura sencillo. Hoy tiene que hacer sol y el paisaje será precioso. Las cosas no son lo que parecen, y lo que se prometía una caminata agradable, ha terminado siendo toda una aventura.

Tras tomar unas cuantas galletas me subo al coche. Tardaremos unas tres horas en llegar al Parque Nacional. No está cerca de Huaraz, y aunque lo estuviera, la carretera está en tan mal estado que no se puede ir a gran velocidad. El número de baches es igual al número de coches que ya circulan a esa hora. En esta zona amanecen todos temprano. No consigo dormir nada en el coche. Estoy cansado. Hacemos una parada para comprar agua y continuamos.

Llegamos al Parque. Hacemos el papeleo de rigor informando de nuestra entrada. El Parque Natural Huascaran está inscrito como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y alberga todo un núcleo de montañas así como fauna y flora muy especiales. Tras un pequeño recorrido detenemos el coche. A partir de ahora tengo que seguir a pie. Ya no hay caminos.

Me dan lo que será mi comida durante ese día. Un sandwich de jamón york y queso, una bolsa de patatillas, unas galletas, una pequeña tableta de chocolate y un zumo de naranja. Creo que voy a pasar hambre. El tiempo se ha nublado bastante y empieza a llover. No es bueno. No podré sacar fotografías, y estoy constipado desde hace días y no puedo respirar por la nariz. El aire del ambiente se enfría y se torna húmedo.

Empiezo a caminar con Edgar, mi guía. Él ha subido la mayoría de las montañas del Parque y me dice que este trekking es muy sencillo. Esperamos que se vaya la tormenta y pueda sacar fotografías. Estamos a una altura de tres mil novecientos metros y tenemos que llegar a los cinco mil, en total solo hay que subir unos mil metros, no es tanto… si no fuera por la altura a la que estamos.

La travesía es preciosa. Delante de nosotros se abre un valle entre cumbres desaparecidas tras las nubes, cada vez más presentes. Empieza a llover, no de manera fuerte, pero sí contínua. Bajan las nubes en forma de niebla. No podemos ver a más de cien metros de donde estamos, pero seguimos caminando. A ratos se levanta y volvemos a ver el valle. Me muestra unos árboles que su corteza se descompone en pequeños y finos trozos que al tacto parecen papel.

En nuestro camino aparecen unas casas. -Un plan del Gobierno para hacer Ecoturismo introduciendo turistas con gente nativa, no funcionó.- me comenta Edgar. Pero las casas siguen ahí. Están hechas de piedra y los techos son de paja. Se integran bien en el paisaje. Quedan auténticos. Seguimos la marcha y a nuestra derecha y a la izquierdan aparecen sendas cascadas. Llevo mi cámara en la mano, cuando puedo hago fotografías. Llueve.

Me paro cada trescientos metros. Me cuesta respirar. El aire es frío. Tengo la nariz tapada. Noto cómo se me están enfriando los pulmones. Le pregunto dónde tenemos que ir. Me señala un punto en lo alto. -Venga Juan Carlos, ¡tú puedes!- me digo mentalmente. Si no fuera por la mochila en la que llevo todo mi equipo fotográfico, iría mucho más ligero. Empezamos a subir una colina. Tras dos voltios hacemos una nueva parada. Edgar me nota cansado. Saca unas hojas de coca y me las da para que me las ponga en la boca. Aquí lo llevan haciendo desde hace cientos de años, ayudan y dan energía con muchas vitaminas.

Continuamos la marcha y ahora tenemos el valle a nuestros pies. Las nubes siguen encima, está empezando a llover con más fuerza. El aire se torna más frío. La humedad aumenta. Vengo vestido casi de verano. No para el frío que está empezando a hacer. Hoy tenía que hacer sol. Llegamos al punto que me había dicho. Espero ver un lago. Estoy exhausto. Pero no hay lago. Edgar me está haciendo sentir como un chiquillo que quiere llegar cuanto antes y no para de preguntar cuánto falta. Le vuelvo a preguntar cuánto falta. Me vuelve a señalar otro punto en lo alto de otra montaña.

El GPS de la cámara marca cuatro mil trescientos metros, me cuesta respirar. Me duelen los pulmones. Apenas hemos subido, y cómo se nota la altura y la ausencia de oxígeno en comparación con el nivel del mar! En Mallorca no tenemos ninguno de estos problemas. Me siento raro, recuerdo que a cincomil cuatrocientos en el Campo Base del Everest me tenía que parar casi cada cincuenta metros para respirar. Era agotador. Empiezo a tener la misma sensación.

Tras una pausa continuamos, sigo bebiendo agua y con las hojas de coca en la boca. Espero que me den energía, la necesitaré. El sandwich me lo he comido hace tiempo y voy comiendo trozos de chocolate a ver si el azúcar me da un subidón. Mi corazón está disparado, intento respirar profundamente para que se tranquilice y lo consigo. Pero ahora me duelen más los pulmones. Me empieza a costar respirar profundamente. El aire está helado. Llueve a cántaros. El punto que me ha dicho Edgar todavía está lejano.

Hacemos otra pausa. Cuando las nubes se levantan muestran un glaciar enorme entre montañas. Sigue lloviendo. Continuamos subiendo, no dejo de pensar -espero que valga la pena-. El camino es precioso, sigo haciendo fotos. Lástima de nubes. No servirán muchas de ellas. Suerte que mi cámara y lente están sellados. El GPS no, pero espero que aguante el diluvio. Me hace falta un chubasquero. Me estoy calando hasta los huesos.

Ya no puedo más. Edgar me mira y se ríe -venga, ¡que falta poco!-. ¿De dónde saca la energía? me pregunto. No entiendo cómo puede estar tan celeste y yo aquí descomponiéndome. Definitivamente tengo que ponerme a hacer más deporte al regresar a casa. Mi corazón me está diciendo que pare. Mis pulmones me dicen que pare. Vuelvo a pensar en “mi frase”: a mí que no me lo cuenten! No puedo quedarme ahí, tengo que subir. Me duelen las piernas. Los zapatos se me han empapado, especialmente uno que lo he metido por error en un riachuelo.

Volvemos a retomar la marcha. Subimos y me vuelvo a parar. Desfallezco. No puedo más. Edgar me mira y me dice que no podemos parar ahora. Me señala un punto, -ahí está el lago-. Bebo agua y saco toda la energía que hay en mí para subir el último trecho. No llego. Me paro cien metros antes. No puedo más. Me siento diez minutos. Estoy empapado. Llueve a cántaros, pero no puedo más. Apenas puedo respirar del dolor que tengo en el pecho. El aire se ha vuelto helado. Mi nariz sigue tapada. Mi corazón decelera y vuelvo a poner los pies rumbo al lago.

Llego para contemplar un paisaje totalmente inusual. Algo que no me imaginaba así. Un pequeño lago de agua pura. Con un color turquesa fuerte. Precioso. El lago no es más grande que el pequeño lago que hay en el Parc de la Mar delante de la Catedral de Palma de Mallorca. Pero todo a su alrededor son paredes de granito blanco y por ellas baja agua, a la izquierda una pequeña cascada. El lago está situado entre montañas de seis mil metros de altura. Cuando las nubes nos dejan, se vislumbra un glaciar espectacular. Hago unas fotos y le digo que me haga una. Quiero una prueba de que he estado ahí. Estoy literalmente deshecho.

Le pido si podemos empezar a bajar. Quiero darme una ducha de agua caliente. Mis manos están heladas. No tengo la ropa adecuada para este tiempo. Vamos bajando y le cojo mucha ventaja. Se nota que quiero bajar cuanto antes. Apenas puedo respirar pero estoy contento. Cada paso que doy es un paso hacia abajo. Seguro que más abajo respiraré mejor. Voy viendo el paisaje desde otro punto de vista. Sólo hacemos una parada en la bajada. Quiero llegar cuanto antes. Volvemos a los mismos puntos. Ahora está aclarando pero el aire sigue siendo gélido.

Ya veo el coche. Cada vez más grande a lo lejos. Me doy cuenta que para llegar a él tendré que volver a subir. Pero son diez metros, no será tanto. Cuando llego al principio de la subida me empiezan a fallar las piernas. Me tengo que sentar. Casi me caigo por tropezar con una piedra. No queda nada. El chófer no entiende por qué no subo y nos vamos. No puedo más. Mis pulmones siguen haciendo daño. Están helados. No puedo respirar bien. Mi corazón late a mil por hora. Para hacer esos diez metros tengo que pararme cuatro veces y sentarme en piedras. Me pesa la maleta. Me pesa la cámara. Me pesa el cuerpo entero. Tengo la sensación de tener una prensa que me oprime el pecho.

Al fin llego al coche. Me siento. Ponemos rumbo al hotel. Cenaré y me iré a dormir tras una ducha caliente. Me tiemblan las manos. Me duele el pecho, los pulmones. El corazón sigue latiendo descontrolado. Me toco la cabeza y está caliente. Estoy empapado. Pero ya está, se ha acabado. Tengo las fotos. He subido al Lago 69. He visto lo bonito que es, si hubiera hecho sol, habría sido otra historia. Pero en esta me he superado. Lo he conseguido.

En el Lago 69

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4 Responses to Manteniendo la respiración a 5000 metros de altura

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  2. javier castro dice:

    necesito saver si el cuerpo humano a falta de oxigeno genera su propio aire gracias

    • José Miguel dice:

      Javier: El cuerpo humano no genera su propio aire nunca, bajo ningún concepto. A falta de oxígeno entras en hipoxia y muchas cosas malas le pasan al cuerpo.

      Otro tema es que los buceadores de apnea o los escaladores sin botella hagan entrenamientos específicos y mejoren su resistencia aeróbica, amén de incrementar al máximo los glóbulos rojos en su sangre, aparte de otras técnicas para maximizar el oxígeno del que disponen.

      Así que, en breve, la respuesta es no.

  3. Boloo dice:

    Si Javier, pero solo si tapas las orejas y la nariz a la vez.

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