Ensaimadas y Quelitas en el Tibet

Posted on by Juan Carlos Castresana
Imagen portada
Un desayuno muy mallorquín! Lhasa, Tíbet.

Un desayuno muy mallorquín! Lhasa, Tíbet.

Tras tres días en Lhasa descubriendo el mundo del budismo tibetano decidimos salir a primera hora rumbo al Camino de la Amistad que nos llevará a Kathmandu.

No podíamos abandonar Lhasa sin antes celebrar nuestra entrada al Tíbet y nuestro tour. Somos una buena mezcla, pero hemos hecho piña los cuatro: Daniel, catalán; Rubén, vasco; Juan, madrileño y yo balear.

Gracias a Rubén que se trajo de España unas ensaimadas pequeñas y las sacó para que tuviéramos un desayuno de reyes. Los del hotel, al ser el último día, se esforzaron en traernos un buenísimo desayuno, y yo contribuí con una bolsa de Quelitas ya que Rubén y Daniel todavía no las habían probado.

Sólo nos faltaron los embutidos, nadie se imagina cuánto los echo de menos. Estoy deseando llegar a la India para empezar a comer toda esa comida picante y especiada. Estoy cansado de fideos instantáneos de los trenes. Aunque no me puedo quejar porque en Tíbet he comido muy bien.

Debo decir que me hizo una ilusión enorme cuando Rubén dijo que había traído unas ensaimadas, se me encendieron los ojos y sólo pensaba en un… quiero una! No conozco a nadie que no le guste la ensaimada, las hay de varios tipos y sabores, por eso a todo el mundo le gusta. Y por mucho que se intente hacer la ensaimada fuera de Mallorca, no sale igual, ya que según lei era por el agua de la isla. Ya sólo faltaba una sobrassada, pero era demasiado pedir, si las aduanas no habían dejado pasar mi paquete de galletas en Pekín no creo que dejaran pasar la sobrassada.

Llegó el guía, algo extrañado de que no estuviéramos en la puerta puntuales, y se nos unió a la fiesta probando las ensaimadas y quelitas, y desayunando también con nosotros. Obviamente, también cayó prendido de ambas cosas, pero ya no quedaban más. Eso me devolvió a la realidad; estaba en Lhasa, la capital del Tíbet. Y hoy tocaba una aventura enorme, subir a un paso de 5.200 metros, ver un lago turquesa y un enorme glaciar. Era hora de dejar de soñar y ponerse en marcha.
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Puede leerse también en El Mundo – www.elmundo.es

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