Viviendo una revolución en primera persona

Posted on by Juan Carlos Castresana
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Esta entrada fue escrita el 2 de enero de 2011, en pleno Gasolinazo boliviano y olvidado hasta ahora.

He llegado a Bolívia y hace nada han decretado el “Gasolinazo”. Todo el pueblo se levanta contra el decreto que sube hasta un 87% el precio del carburante. Toda Bolívia está unida. No circulan vehículos por las calles. Únicamente gente corriendo de un lado a otro gritando que deben manifestarse.

Salgo a media mañana para realizar unas cuantas fotos de la manifestación. Bajo a la Iglesia de San Francisco en la avenia principal y frente a mí hay un mar de gente. Incontable el número de personas, todos con pancartas y gritando al unísono. Van hacia la Plaza Murillo, donde está el Palacio de la Presidencia, donde está Evo Morales. El pueblo quiere hacerse oír.

Hablo con la gente, pregunto por qué están ahí, por qué se manifiestan. Todos me cuentan lo mismo. Evo ha perdido el favor del pueblo. Ha elaborado un decreto que llevará a la ruina a sus ciudadanos. Tomo fotografías y las fuerzas armadas me dan acceso a la Plaza Murillo. Ahí todo es un remanso de paz. Ni rastro de manifestaciones, no se oyen los gritos del pueblo.

Vuelvo al hotel para escribir un artículo y enviar las fotografías. Vuelvo a salir a hacer fotos, a las tres hay otra manifestación, pero antes tengo que comer algo. Sólo ver a la gente por la tarde me doy cuenta que están mucho más crispados que por la mañana. Los integrantes de “El Alto” han venido todos. Son los organizadores de la manifestación, y de la mayoría de disturbios que se suelen dar.

Me huelo que esta manifestación será diferente a la de la mañana. Me voy integrando y voy hablando con la gente a la vez que hago fotografías. Conforme me acerco a la Plaza Murillo vuelve a haber guardia armada rodeándola. Esta vez son más policías los que la protegen. Es incontable el número de gente que se ha juntado. Todas las tiendas están cerradas. Todos gritan: “El pueblo unido, jamás será vencido”.

De repente se unen tres de los frentes de la manifestación hacia una de las entradas de la plaza. Se forma un círculo frente a las fuerzas armadas y empiezan a tirarles piedras y palos. Estoy en primera fila haciendo fotografías. Tengo que tener cuidado. Viene un hombre corriendo y se tira sobre los cuerpos de seguridad dándoles una patada. Le dan con la porra y se va a la misma velocidad que vino. Todo un grupo de gente está moviendo un vehículo. Lo quieren estrellar contra los policías. La gente está fuera de sí. Mueven el coche veinte metros, justo hasta delante de la policía. El coche empieza a arder. La gente se avalanza sobre los cuerpos de seguridad, les tiran cócteles molotov, petardos y otros objetos. De repente surge más humo.

No me había dado cuenta y la policía ha lanzado gases lacrimógenos. Hago pocas fotos más. De repente no puedo respirar y mis ojos me queman. Corro hacia fuera del humo y caigo de rodillas. Mis pulmones me queman. Me ofrecen un cigarrillo y digo que no. Dejé de fumar. No puedo abrir los ojos ni cerrarlos. Me duelen. Por el fondo gritan que encendamos un cigarrillo para eliminar el gas de los pulmones. Ahora lo entiendo. Sigo sentado en la acera. No puedo moverme aunque cada vez voy respirando mejor.

Me levanto y voy bajando la calle. Me vuelvo a encontrar la manifestación. Para mí se ha acabado. Ya tengo las fotografías y no quiero volver a ser gaseado. Voy camino del hotel donde envío las fotografías para que sean publicadas.

Por la noche Evo Morales anuncia que anula el decreto. El pueblo lo ha conseguido. Se ha hecho oír. Será un fin de año espléndido. Los violentos no han conseguido empañar una manifestación pacífica que quería que su presidente les oyera. En un momento de necesidad, todos se han unido, para el bien común. Ahora para ellos empieza un año nuevo lleno de inesperada felicidad. Nadie esperaba que se anulara el decreto.

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