
Yo, Rubén, Juan y Dani. Lhasa, Tíbet.
Mientras volvíamos del tour por los alrededores de Xining recibimos la llamada que llevábamos días esperando. Era Subash, mi contacto en Nepal, que me confirmaba que Rubén y Daniel (nuestros otros compañeros) ya tenían los permisos de entrada al Tíbet y que me los había mandado por correo electrónico escaneados.
Juan y yo estábamos pletóricos. Lo habíamos logrado, finalmente y según el plan establecido, veríamos el Potala y las tierras del Dalai Lama.
Cuando regresamos del tour ya era tarde. Fuimos al hotel para recoger un lápiz de memoria y rápido a un cibercafé a descargar los permisos para luego ponernos a buscar una tienda que nos los imprimiera.
La tarea no fue fácil ya que todo cerraba realmente temprano en Xining, y en el cibercafé sólo perdimos tiempo con la dependienta que se negaba a hablar, sólo sabía escribir en un ordenador que traducía todo. Así nos cerró la primera tienda, cuando llegamos no nos podían imprimir nada, y todo el mundo diciendo mañana.
Desesperados nos pusimos a caminar atentos a ver alguna tienda que ofreciera imprimir algún tipo de papel y dimos con una señora de una tienda pequeñita a la que casi le damos un beso de la alegría que nos dio. Imprimimos los permisos y nos fuimos corriendo a la estación de tren, tocaba comprar los billetes.
En la estación nos topamos con una dependienta que no quería que cogiéramos el tren. Tras decirle que queríamos un ticket a Lhasa en el vagón dormitorio compartido y decirnos que no había sitio, la señora se empeñó en vendernos billetes para otro día. Tras un buen rato discutiendo y bloqueando la cola, trajeron a una policía que le explicó que queríamos viajar, daba igual la manera, pero teníamos que salir al día siguiente porque era un tren que duraría 24 horas.
La señora empezó a decir que necesitábamos más copias del permiso y nosotros nos desmoronamos. A esa hora no encontraríamos ningún lugar para hacerlas. Le pedimos que nos hiciera los billetes y nosotros mañana ya imprimiríamos más copias, pero no accedió. Nos fuimos corriendo de la estación a ver si la señora de las copias seguía abierta. Seguía abierta porque estaba acabando unos trabajos. Nos imprimió más copias y volvimos corriendo a la estación, queríamos los tickets ya y así dormir tranquilos.
Cuando vio todos los papeles todavía protestaba, no le habíamos caído bien, ya nos daba todo igual, sólo queríamos nuestros billetes y salir de Xining.
Y al final nos los dio. De Xining a Lhasa. Al día siguiente saldríamos en tren a Tíbet, y finalmente sí veríamos el Potala.
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