Una visita nocturna al Santo Sepulcro de Jerusalén

Posted on by Juan Carlos Castresana
Imagen portada

Jerusalén, la ciudad más sagrada del mundo. Centro neurálgico de las tres religiones monoteístas y lugar de disputa desde tiempos inmemoriables. Oscuridad. Ingredientes muy suculentos para no aprovecharlos.

Aunque varios fuimos a dar una vuelta por la planicie del Muro de las Lamentaciones de noche, yo quería ir a la Iglesia del Santo Sepulcro también de noche. Sin masificaciones. Quería estar en uno de los lugares más venerados por la religión cristiana sin prisas, sin grupos organizados con sus guías llevando paraguas o banderines para que los sigan los turistas.

Dejando al resto del equipo del #minubetrip en el hotel, Joan Planas y yo nos adentramos caminando en la Ciudad Santa. Ciudad inhabitada. Ciudad silenciosa. Tiendas cerradas y ni un alma perdida deambulando por sus calles. Es una sensación extraña, un sentimiento de estar perdido. Ayudado por la Blackberry conseguimos encontrar el camino. Los alegres y ruidosos bazares de día, están cerrados a cal y canto por las noches. Toda la vida bulliciosa de la ciudad había desaparecido, no habían gritos anunciando productos, en su lugar sólo una cosa: silencio.

Tras unos cuantos giros y entrando en callejuelas más estrechas, y a pesar de decirnos mútuamente el -nos hemos perdido- conseguimos llegar al Santo Sepulcro. La estampa que nos encontramos es drásticamente diferente a lo que habíamos visto durante los dos anteriores días. No hay absolutamente nadie. Una persona se asomaba por la puerta, parece perdida, descolocada. Joan maldice de todas las maneras posibles, se le ha acabado la batería, y por primera vez en su vida no llevaba la segunda de repuesto, la ha dejado en el hotel, no creía que fuera a estar abierta la Iglesia.

Cuando nos adentramos en las entrañas del edificio la visión es espeluznante. Unos sacerdotes ortodoxos que por la pinta no parecen sacerdotes corrientes están celebrando una Eucaristía en latín. Todo iluminado única y exclusivamente por velas. Unas cuarenta personas se apelotonan alrededor de los hombres. El Patriarca, frente al Sepulcro canta salmos mientras otros erigen el Cuerpo y la Sangre de Cristo hacia las alturas. Monjas encienden tenues velas. La oscuridad es prácticamente total. Ante nosotros devotos fieles se tumban en el suelo rezando. El tiempo parece haberse detenido.

Los fieles se saben las plegarias y la propia eucaristía de memoria. Acompañan a los sacerdotes en cada una de sus palabras. Todos a la vez alzan las manos, invocando el Perdón Divino. En mi primera visita a Jerusalén hace más de quince años no viví algo con tanta fuerza. Por un momento me siento transportado cientos de años atrás. Ritos ortodoxos que se celebran desde tiempos antiguos, de la misma manera. La ciudad y estos lugares fueron la causa de las Cruzadas. Saladino. Me viene a la mente toda la Historia de estos lugares.

Joan y yo no cabemos dentro de nosotros. La situación es especial, única. No te imaginas nunca llegar a asistir a una ceremonia de este tipo y mucho menos en un lugar como este. Los feligreses entregados rezan al unísono el Ave María en latín junto al Patriarca y los sacerdotes. Joan y yo nos tenemos que ir, aunque esperamos unos minutos más, salimos rumbo al hotel seguros de que no olvidaremos esta noche mientras vivamos.

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