Un día en la vida de una india Quechua

Posted on by Juan Carlos Castresana
Imagen portada

Llego a la isla de Amantaní a media mañana tras visitar las islas flotantes de los Uros. He tardado tres horas en llegar. El paseo en barca me ha recordado al Mediterráneo, me encanta el mar y navegar, pero aquí el aire es frío. Se nota la altitud. Estoy a cuatro mil metros de altura.

Al bajar del bote mi guía Oswaldo me presenta a una señora, se llama Norma. Hablan en Quechua. No entiendo nada. Ella será mi anfitriona, voy a pasar un día con ella y mañana a mediodía volveré a Puno, la ciudad. Así pues, me quedan unas horas de disfrutar de la cultura Quechua tal y como es en realidad.

Me he hecho una chuleta con palabras en Quechua para que exista un poco de comunicación, pero en cuanto me descuido me sale algo de español y Norma se gira. Habla español. ¡Estoy salvado! Empezamos a hablar mientras caminamos hacia su casa, es impresionante estar en otra parte del mundo y estar hablando mi idioma.

Llegamos a su casa. “Aquí vivimos cinco famílias” me comenta. Me muestra mi habitación en la parte alta de la casa. El edificio en forma de U tiene dos plantas en el que todas las puertas y ventanas están cerradas. No les deben gustar los turistas, aunque por la apariencia de mi habitación no soy el primero que se hospeda en su casa. El baño está en el exterior.

Una vez he dejado los trastos en la habitación bajo y me encuentro una puerta muy pequeña que me lleva a al cocina. Norma está preparando la comida. Aunque suele utilizar un fuego normal, como es tarde ha decidido usar una pequeña cocina de gas que tiene. Me pregunta de dónde soy. No sabe dónde está Mallorca. “Vino una señora de Barcelona hace un año” me dice. Como pensaba, no soy el único.

La vida en la isla es realmente tranquila. Todos los habitantes, más de cuatro mil, viven de la agricultura y la pesca en el lago. El paisaje es precioso. La mayoría de habitantes son vegetarianos. No por decisión propia, sino por la ausencia de carne en su dieta, pero al contrario bastante pescado. Me da una sopa de verduras. Fantástica. Arroz con más verduras y queso. Perfecto. Se sienta a mi lado y hablamos. Aparece su hija que come conmigo. Ella estudia y ayuda a su madre en las tareas de la casa.

Me dijeron que les trajera un pequeño regalo y me sugirieron productos de higiene dental. Ahora lo entiendo. La ausencia de cualquier tipo de hospital y dentistas hace que tengan los dientes descuidados y con caries. Me alegro de haberles comprado estos productos. Los necesitan. Cuando se los doy la niña sonríe. Les ha gustado el regalo.

Me llevan a la zona central de reunión. Tienen un campo de fútbol. Hay unos niños jugando. Me extraña no ver a muchos hombres. Deben estar trabajando en el campo. Aparecen otros turistas extranjeros. Somos mayoritariamente europeos, soy el único español. Proponemos un partido de fútbol europeos contra sudamericanos. Craso error. Perdemos estrepitósamente. No teníamos en cuenta la altura y acabamos agotados en poco tiempo.

Hemos conseguido algo de público, el partido ha sido un fracaso perdiendo 8-2 a favor de los locales. Tras dejar el partido me pongo a hablar con los locales. La gente tan pronto viene como se va. Quedan algunos niños y niñas. Hablo y río con ellos. Todos preguntan por el Real Madrid y el Barcelona. El fútbol es su gran pasión. Hay un niño con la camiseta de Beckham de cuando estaba en el Madrid, y otro tiene la camiseta de Ronaldinho del Barsa. Me sorprende lo jóvenes que son. Los mayores o están trabajando o se han ido a Puno, la ciudad. Vuelve a surgir la emigración. Norma me viene a recoger a la hora de la cena.

Me gusta la sencillez de esta gente. No hay excesos. No hay necesidades especiales. La hija ayuda a su madre mientras cocina. Esta vez sí en el fuego. La cena riquísima da paso a una charla. “Para ganar algo de dinero aceptamos que turistas vengan y les enseñamos un poco la isla” me dice Norma. “Mi hijo se fue a Puno a trabajar, no quiere ser agricultor como su padre”. Me sorprende que todavía no he visto ninguno de los hombres que viven en la casa y tampoco a las otras cuatro mujeres.

Me voy a dormir. Hace frío. En la habitación afortunadamente no. Pienso en la frase con la que me fui de Mallorca: “¡debes ir en busca de la felicidad!” ¿Qué es la felicidad? Qué es sino esos pequeños detalles que reconfortan, que te hacen sentir bien. Norma y su hija no tienen un televisor de plasma, ni un ipod, pero sin embargo sonríen. ¿No somos nosotros que nos creamos necesidades innecesarias?

Parte de la aventura #Sudamérica2011
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Puede leerse también en El Mundo – www.elmundo.es

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