Explorando la Selva Amazónica

Posted on by Juan Carlos Castresana
Imagen portada

Partimos temprano, vamos a adentrarnos en la Jungla. Estoy realmente nervioso. Todo un infinito mundo de animales salvajes habitan ese espacio. En la ciudad somos los habitantes. En la selva somos extraños. Octavio mira al cielo. Parece que va a llover, me dice. ‘Por favor, no!’ pienso para mis adentros.

Ponemos rumbo a los árboles. Frente a mi se yergue un muro de vegetación. Infunde respeto. Miedo. Entre unos bambúes nos introducimos y el paisaje cambia radicalmente. Nos empezamos a acostumbrar al cambio de luz. El sol ahora entra entre las hojas de los árboles. Ofrece unas imágenes espectaculares. El olor ha cambiado drásticamente. Naturaleza por todas partes. Humedad. La Selva es tal y como te la imaginas. Llena de árboles, plantas y pequeños y grandes animales que viven en armonía.

Vamos caminando entre los árboles. Octavio es de la tribu de los Kichwa. Ha pisado estos trozos de Selva durante toda su vida. Me siento seguro. Mire donde mire, sólo veo árboles y más árboles. Nos hemos adentrado lo suficiente para no tener ni idea de dónde está la salida. Todo me parece igual. Octavio me empieza a enseñar unas plantas que ofrecen un antídoto para las picaduras de algunas serpientes. Me cuenta que una vez, enseñando la Selva a una pareja, le picó una serpiente y tuvo que hacer él mismo todo el antídoto en medio del tour. Me entra miedo. No había pensado en todas las serpientes que también habitan este espacio. Podríamos encontrarnos una Boa, y poco tiempo de reacción tendríamos.

Mientras vamos caminando me empieza a mostrar pequeños animales. Yo no los vería. Una mariposa enorme se posa en una planta cercana. Con una paciencia espectacular y unos movimientos que ha practicado durante muchos años, Octavio coge la mariposa y le abre las alas para que pueda ver el color interior. Empieza a llover. Hago una foto y la libera. Si se le mojan las alas se moriría. De repente me para en seco. Una araña gigante de agua está posada sobre un tronco junto al arroyo que estamos recorriendo. Realmente es enorme. Mirando al agua me enseña unas larvas de una futura rana. Se mueven muy deprisa, es casi imposible fotografiarlas. De nuevo, con unos movimientos perfectos, Octavio coge una de ellas y se la pone en la mano. La fotografío y la suelta para que siga creciendo. Será una rana de las más venenosas, me dice.

Mis catiúscas están rotas, me entra agua por todas partes. Salimos del arroyo y volvemos a adentrarnos en la Selva. Subimos una pequeña pendiente. Me fijo que cuando Octavio camina, apenas hace ruido. Yo por el contrario, me muevo de una manera que no parece la correcta. Cualquier animal que esté cerca debe espantarse y por eso no vemos grandes animales. En cuanto me descuido, Octavio se coge a una liana y pega un salto colgándose de un árbol. ‘No esperarás que yo haga eso, no?’ le digo. ‘Vamos, es fácil!’ me responde. Sólo pienso en que llevo a penas una semana de viaje y sólo me faltaría ahora romper todo mi equipo. Finalmente me toca escalar una pared llena de fauna local para no coger la liana. No se cuál era la solución mejor.

Cuando estamos arriba deja de llover, de repente toda esa humedad que había que me mantenía sudando y bebiendo agua constantemente se ha convertido en una temperatura ideal. Seguimos y me enseña las Hormigas Cortahojas, unas pequeñas hormigas de unos dos centímetros de largo que se dedican a subirse a una serie de árboles y cortar las hojas para llevarlas a su hormiguero. Resultan impresionantes los caminos en el suelo lleno de hormiguitas transportando trozos de hoja. Junto a ellas encuentra un agujero. ‘Apártate un poco’ me dice. Cogiendo un palo lo introduce en el agujero y sale una hormiga enorme de unos tres centímetros de largo. ‘Esta hormiga puede morderte y su mordedura te paraliza durante unos días la parte donde te ha picado, la pierna por ejemplo, y te da fiebre’ me comenta. Me enseña los dientes del insecto. Doy gracias de no tener esa hormiga en casa.

Mientras seguimos dando vueltas me doy la vuelta. Intento reconocer el camino por el que he venido. Un deseo imposible. Los árboles y plantas hacen desaparecer el camino que vamos creando. Paramos un momento, Octavio me muestra un claro que muestra el río bajo nosotros, una perspectiva preciosa. Llevamos más de tres horas y no tengo ni idea de dónde estoy. Octavio me dice que ya regresamos. El sendero se vuelve más palpable conforme vamos llegando a los lindes de la Selva. Volvemos a las cabañas por otro lugar diferente.

Recorriendo la Selva!

Larva de una Rana.

Tortugas

Mono entre ramas

Mariposa

La Selva Amazónica

Octavio haciendo de Tarzán!

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